Fundación César Egido Serrano y Museo de la Palabra

“No seré yo tan descortés ni tan desagradecido, que con quien he comido y he bebido trabe cuestión alguna por mínima que sea; cuanto más que estando sin cólera y sin enojo, ¿quién diablos se ha de amañar a reñir a secas?”

Estas palabras, dirigidas por el aleccionado Sancho de la Segunda Parte del Quijote (cap. 14) a su colega el escudero del caballero del Bosque, expresan una verdad digna de un hombre verdaderamente cuerdo. Ya los griegos clásicos conocían la importancia extraordinaria de sentarse a comer y beber juntos para tratar con acierto, en la amabilidad de un banquete compartido (literalmente, un simposio), los más importantes temas de la política, la estrategia y la moral. El encuentro apacible y dialogante entre seres humanos, producido en circunstancias alejadas de la cólera y el enojo, es quizás el acto más propiamente humano de cuantos podamos reseñar. A secas nadie riñe, como observa el sagaz escudero de Cervantes. El logos, la palabra, es el vínculo pacífico de la humanidad, el lugar de encuentro entre los seres humanos.

Toledo, la provincia donde está enclavada la sede central de Museo, es el paradigma del entendimiento entre culturas, el ideal de la convivencia, la metáfora de que la palabra y la concordia son posibles. Toledo ha sido un crisol pacífico de las tres culturas.

En el corazón de la Mancha del Quijote, en el municipio de Quero, César Egido ha construido y sostiene a sus expensas, una casa-palacio de traza renacentista, raíces castellanas con vocación universal de diálogo. Está ahí, en el lugar de donde parten los caminos de las andanzas del Quijote, con voluntad de acogida permanente a cuantas aventuras de comunicación intenten configurar un mundo más ancho, más dialogante. Un espacio para la alianza de civilizaciones. Está ahí como sede permanente de una Fundación constituida como un instrumento útil para la compleja sociedad del siglo XXI.